Las elecciones generales que Brasil celebrará el 4 de octubre de 2026 no solo implican la renovación de las principales autoridades nacionales y subnacionales, sino que también constituyen un punto de observación para analizar la interacción entre el sistema de partidos, el presidencialismo de coalición y el Poder Judicial. En los próximos comicios, 157,8 millones de ciudadanos serán convocados a elegir presidente, vicepresidente, diputados de la Cámara, buena parte del Senado Federal y los gobiernos de los 26 estados y el Distrito Federal. En la superficie, la contienda se presenta como un enfrentamiento binario: por un lado, Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), que busca validar un nuevo mandato, y por el otro, el bolsonarismo –que llega a las urnas sin su líder natural, Jair Bolsonaro–, con Flavio Bolsonaro intentando capitalizar un electorado cuya identificación política se encuentra más asociada al liderazgo de su padre que a una estructura partidaria consolidada. Sin embargo, reducir la elección a esa competencia personalista invisibiliza las tensiones estructurales que caracterizan al sistema político brasileño. Detrás de la boleta hay un sistema de partidos crónicamente débil, una polarización que esa misma fragilidad institucional alimenta, un mecanismo de gobierno –el presidencialismo de coalición– que vuelve costosa cualquier gobernabilidad, y un Poder Judicial que, al arbitrar los conflictos entre esas piezas, paga costos de legitimidad crecientes. En este contexto, la elección trasciende la competencia por el Poder Ejecutivo y adquiere una dimensión estratégica para la política exterior brasileña. La orientación que adopte el próximo gobierno definirá si el país consolida la estrategia de autonomía mediante el multilateralismo desarrollada durante la actual administración de Lula o si vuelve a una política de mayor alineamiento con Estados Unidos, como ocurrió durante el gobierno de Bolsonaro. Las implicancias de esa decisión exceden el plano doméstico y alcanzan tanto al Mercosur como al conjunto del proceso de integración regional.
Un sistema político atrapado entre partidos débiles y política personalizada
Mainwaring (1999) señaló hace más de dos décadas que los sistemas de partidos varían en un espectro que va de la estabilidad –Estados Unidos, Suiza, Finlandia, Suecia– a la extrema volatilidad, con Brasil como uno de los casos paradigmáticos de este segundo grupo. En sistemas como el brasileño, las raíces sociales de los partidos son débiles y solo una minoría del electorado permanece leal a la misma fuerza política de una elección a otra. En ausencia de esa mediación partidaria, la política adquiere un carácter marcadamente personalista, un rasgo que el autor describió como profundamente arraigado en la historia política del país.
Ese diagnóstico explica buena parte de lo ocurrido en la última década. El ascenso de Bolsonaro en 2018 no fue el de un líder consolidado dentro de una estructura partidaria, sino el de un outsider capaz de capitalizar el antipetismo, el evangelismo político y el descrédito de una dirigencia tradicional golpeada por la operación “Lava Jato”. Su capital político estuvo principalmente asociado a su liderazgo personal antes que a una estructura partidaria consolidada. Por eso, cuando la Justicia lo inhabilitó y lo encarceló, ese electorado no migró hacia otra fuerza de derecha ni buscó un nuevo referente dentro del sistema de partidos: encontró en su hijo Flavio Bolsonaro un vehículo de continuidad política. El PT, por contraste, exhibe un grado de institucionalización mayor –siendo, no casualmente, uno de los partidos más antiguos y organizados del país–, lo que le permitió sobrevivir al encarcelamiento de Lula y a la destitución de Dilma Rousseff sin diluirse como fuerza electoral.
La historia reciente de Brasil ilustra que en un sistema de partidos débil, el transfuguismo, el personalismo y la volatilidad electoral no son anomalías, sino el funcionamiento esperable del mercado electoral. Y esa misma debilidad es la que impide que la polarización se procese dentro de una gramática partidaria compartida, donde al no existir una lealtad estable a las instituciones que canalizan la disputa, cada elección se libra como una batalla existencial entre bandos antes que como una competencia programática.
La gobernabilidad como negociación permanente
Esa fragmentación no ocurre en el vacío institucional, se inserta en un diseño que Abranches (2019) bautizó como presidencialismo de coalición, entendido como el resultado de combinar un federalismo extenso y heterogéneo, representación proporcional con listas abiertas, multipartidismo, bicameralismo y una presidencia minoritaria pero fuerte. En ese esquema, tanto la gobernabilidad como la gobernanza dependen de que el presidente logre construir una coalición mayoritaria en el Congreso, lo que, según el propio Abranches, genera un poderoso sistema de incentivos al clientelismo, al intercambio de favores y a la disputa por ministerios y cargos de la burocracia federal con poder presupuestario o regulatorio. Consecuentemente, quien se encuentre en el poder enfrentará una gobernabilidad cara, que se paga en cargos, en partidas y, con frecuencia, en causas judiciales.
Ese diseño institucional explica por qué la Corte Suprema terminó ocupando un lugar central en la vida política brasileña. Abranches (2019) advierte que el control judicial de constitucionalidad y la intervención del STF para arbitrar conflictos entre facciones del Congreso y entre el Ejecutivo y el Legislativo se convirtieron en rutina, con el efecto colateral de politizar al Poder Judicial. El proceso contra Bolsonaro por su rol en el intento de golpe de enero de 2023 es la expresión más nítida de ese fenómeno, donde el STF asumió el papel de árbitro final del conflicto, limitando la posibilidad de que Bolsonaro compitiera electoralmente y obligando al campo político conservador a reorganizar su estrategia electoral.
Esta intervención dejó dos grandes consecuencias en el escenario brasileño. Por un lado, la inhabilitación y posterior encarcelamiento de Jair Bolsonaro no implicaron la desaparición del bolsonarismo como fuerza política, sino la búsqueda de nuevos liderazgos capaces de canalizar ese electorado, entre ellos Flavio Bolsonaro. Por el otro, el propio tribunal queda expuesto a una permanente disputa de legitimidad, ya que para una parte de la sociedad es garante de la democracia frente a un intento de ruptura institucional, mientras que otra parte lo percibe como un actor politizado que reemplaza con fallos lo que debería resolverse en las urnas. Cuanto más un sistema de partidos débil traslada sus conflictos al Poder Judicial, más se erosiona la legitimidad de ese mismo Poder Judicial como árbitro neutral, vislumbrando una dinámica que se retroalimenta elección tras elección.
Autonomía o alineamiento: qué Brasil se proyecta al mundo
Es en ese contexto de fragilidad partidaria, gobernabilidad costosa y arbitraje judicial permanente donde se define qué Brasil se proyectará hacia el mundo. El tercer mandato de Lula, iniciado en 2023, recuperó una política exterior asentada en la búsqueda de autonomía, un multilateralismo activo y una apuesta por la integración regional. Esta estrategia se expresa en el fortalecimiento de la cooperación Sur-Sur, la diversificación de alianzas con Asia y la participación en los BRICS+. Bolsonaro, en cambio, sostuvo una relación de mayor convergencia política con la administración Trump, buscando un alineamiento automático con la agenda conservadora estadounidense y reduciendo, en los hechos, el margen de maniobra regional frente a Washington.
Esta disyuntiva no puede procesarse como una cuestión de estilo diplomático, puesto que tiene un correlato estructural. Schenoni et al. (2022) sostienen que la creciente polarización entre Estados Unidos y China encareció la participación internacional de las potencias medias y disipó buena parte de las viejas ilusiones de multipolaridad para países como Brasil, que habían invertido considerablemente en dar un salto cualitativo en su inserción global.
El resultado de octubre repercutirá directamente sobre el Mercosur. Bouzas y Fanelli (2002) recuerdan que la relación bilateral entre la Argentina y Brasil atravesó un punto de inflexión con la restauración democrática de mediados de los años ochenta, construida sobre las bases de un acuerdo tripartito previo –junto con Paraguay– para el aprovechamiento de los recursos hídricos compartidos del río Paraná. Esa historia muestra que la integración regional tiene raíces estructurales que exceden a los gobiernos de turno, pero también que su profundización o su estancamiento dependen de decisiones políticas concretas. Si Brasil profundiza una estrategia de autonomía basada en el multilateralismo, el Mercosur puede capitalizar ese impulso para ampliar su propia proyección Sur-Sur; si, en cambio, se reedita el alineamiento automático con Washington, el bloque podría perder peso relativo como plataforma de negociación autónoma y sus socios menores quedan forzados a recalibrar su propia inserción internacional.
Lo que está en juego después de las urnas
La elección brasileña del 4 de octubre no se agota en la disyuntiva entre dos apellidos o dos siglas partidarias. Es, ante todo, la puesta a prueba de una arquitectura institucional que seguirá condicionando a cualquier gobierno que asuma en enero de 2027. Gane quien gane, el próximo presidente deberá negociar con un Congreso fragmentado, sostener una coalición cara y convivir con un STF que ya demostró su disposición a intervenir cuando las reglas del juego democrático parecen amenazadas. La principal diferencia entre ambos escenarios radica en la orientación que podría adoptar la política exterior brasileña. Una continuidad del gobierno del PT tendería a mantener una estrategia de mayor autonomía basada en el multilateralismo, la cooperación Sur-Sur y el fortalecimiento de los espacios regionales como el Mercosur. Por el contrario, un eventual retorno del bolsonarismo podría implicar una política exterior de mayor convergencia con Estados Unidos, reduciendo el espacio de contención regional y obligando a sus socios a repensar su propia estrategia de inserción internacional. Ahí, en esa arquitectura que sobrevive a cualquier nombre propio, está lo que verdaderamente se juega en las próximas elecciones brasileñas.
Referencias
Abranches, S. (2019, 31 de mayo). Treinta años de presidencialismo de coalición. Blog DADOS. https://dados.iesp.uerj.br/es/trinta-anos-de-presidencialismo-de-coalizao/
Bouzas, R., & Fanelli, J. M. (2002). Mercosur: integración y crecimiento (Módulo 11, Unidad 4) [Material de curso]. https://www.academia.edu/116520116/Mercosur_integraci%C3%B3n_y_crecimiento
Mainwaring, S. (1999). Rethinking party systems in the third wave of democratization: The case of Brazil. Stanford University Press.
Schenoni, L. L., Feliú Ribeiro, P., Belém Lopes, D., & Casarões, G. (2022). Myths of multipolarity: The sources of Brazil’s foreign policy overstretch. Foreign Policy Analysis, 18(1), Article orab037. https://doi.org/10.1093/fpa/orab037