Introducción
El inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026 representa mucho más que el comienzo del evento deportivo más importante del planeta. La organización conjunta de Estados Unidos, Canadá y México representa un hito histórico: es la primera vez que tres países son coanfitriones del megaevento. Sin embargo, el escenario en el que arranca el torneo dista mucho del que probablemente imaginaban sus impulsores cuando, el 10 de abril de 2017, se anunció la candidatura conjunta. La coyuntura actual refleja una mayor complejidad política: aranceles cruzados, tensiones migratorias y una retórica desde Washington que llegó a cuestionar la soberanía canadiense.
No obstante, sería inexacto presentar este contraste entre 2017 y 2026 como conflicto presente en oposición a armonía pasada. En abril de 2017, Trump llevaba menos de tres meses de mandato y el muro fronterizo, la renegociación del NAFTA y el endurecimiento de la política migratoria ya dominaban la agenda bilateral (y previamente habían dominado su campaña) . La candidatura conjunta no se lanzó a pesar de ese contexto sino dentro de él. Que los tres países hayan elegido comprometerse con el evento de mayor visibilidad global en tales condiciones plantea un interrogante ineludible: ¿por qué?
La respuesta inmediata (el retorno económico) parece insuficiente. La evidencia comparada muestra que organizar un Mundial no garantiza beneficios netos: en Brasil y Sudáfrica, la inversión superó ampliamente los retornos proyectados (Zimbalist, 2020). Si la lógica económica no cierra, la explicación debe buscarse en otro lugar.
Soft power como respuesta
Joseph Nye (1990) argumenta que los Estados no solo compiten por recursos materiales sino también por atracción: la capacidad de incidir en las preferencias y comportamientos de otros a través de la cultura, los valores y las instituciones, concepto que Nye bautizó como soft power o poder blando. En esta línea, Grix y Brannagan (2016) infieren que los Estados que invierten en megaeventos deportivos lo hacen dentro de una lógica de política exterior antes que económica. Basta con observar qué agencias del Estado se involucran más activamente en estos procesos: los ministerios que impulsan estas candidaturas suelen ser cancillerías o presidencias, no ministerios de economía o turismo. Un país que acepta organizar un torneo en un momento de tensión diplomática con sus co-anfitriones, asumiendo costos económicos, logísticos y de seguridad, está persiguiendo algo que no es reducible al cálculo económico directo. Así, la candidatura conjunta de estos tres Estados se puede explicar a partir de que entienden el Mundial como una herramienta de poder blando.
La evidencia histórica comparada sostiene ese argumento. Cada caso ilustra un uso distinto del mismo instrumento. Alemania utilizó el Mundial 2006 para reescribir deliberadamente su imagen internacional después de la reunificación, intentando proyectar una narrativa occidental, abierta y moderna. En 2018, Rusia buscó promover una identidad que reafirma su régimen interno y su desafío a occidente. Por su parte, Qatar intentó capitalizar su condición de anfitrión en 2022 a través de la persecución de dos objetivos: introducirse en los mercados globales y apuntalar su seguridad nacional al construirse como una influencia regional vital (Grix & Bannagan, 2024). Lo que estos casos revelan en conjunto es que el soft power deportivo no es un efecto espontáneo del fútbol sino una decisión estratégica deliberada. El Mundial 2026 presenta tres casos simultáneos y sustancialmente distintos entre sí.
México: coherencia entre identidad y proyección
El plan mexicano de gestión de imagen para este Mundial es el más robusto entre los tres anfitriones en tanto estrategia de proyección de poder blando. En 2026, México se convierte en el primer país en organizar tres Copas del Mundo, un hito que también narra la evolución geopolítica del país: de una economía emergente bajo un régimen unipartidista en 1970, a su identidad actual como actor relevante en una América del Norte integrada en la actualidad, pasando por un período de incipiente apertura democrática y crisis económica en 1986 (Barrera Díaz, 2026).
La estrategia mexicana es explícita: el propio gobierno la enuncia con claridad. Gabriela Cuevas Barron, designada por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo como Representante del Gobierno de México para el Mundial 2026, definió el torneo como “un acto estratégico de diplomacia deportiva” y argumentó que opera en dos registros simultáneos: hacia afuera, proyectando capacidad institucional y confiabilidad como socio regional, y hacia adentro, a través del “Mundial Social”, fortaleciendo el tejido social mediante torneos comunitarios, recuperación de espacios deportivos y activaciones culturales en los 32 estados (Cuevas Barron, 2026).
Lo que hace de México el caso analíticamente más sólido de los tres anfitriones es lo que Brannagan y Giulianotti denominan el “filtro de atracción creíble”: para que los recursos de soft power de un Estado se conviertan en resultados positivos, deben ser percibidos por las audiencias internacionales como atractivos y creíbles simultáneamente (Brannagan & Giulianotti, 2018). México llega al torneo con ambas condiciones preexistentes: una narrativa cultural reconocible globalmente y una trayectoria futbolística de décadas sobre las cuales el evento amplifica algo que ya existe.
Estados Unidos: una contradicción estructural
El principal anfitrión del Mundial, que alberga 78 de los 104 partidos, incluyendo todos los encuentros a partir de los cuartos de final, es el país con más soft power del mundo. Cuando Joseph Nye acuñó el concepto de soft power, lo hizo pensando en EE.UU. como referente empírico central: un país capaz de influir en el mundo no solo por su poderío militar o económico, sino por la atracción que generan su cultura, sus instituciones y sus valores (Nye, 1990). El antecedente es relevante: en 1994, EE.UU. organizó su primer Mundial, en solitario, durante lo que Charles Krauthammer (1991) había bautizado el “momento unipolar” , un contexto de liderazgo global incuestionado en el período post-Guerra Fría. El torneo tuvo el mayor promedio de asistencia de la historia hasta entonces y contribuyó a instalar el fútbol en la agenda cultural estadounidense (NPR, 2026).
En esta segunda oportunidad, Estados Unidos debe enfrentar el desafío de proyectar el evento en una época en la que su credibilidad internacional está siendo cuestionada desde afuera y desde adentro. La narrativa oficial estadounidense apuesta por el optimismo: Andrew Giuliani, director ejecutivo del White House Task Force para el Mundial 2026, sintetizó la apuesta en el Council on Foreign Relations dos días antes del inicio: “si hablamos de gran juego en el campo después del Mundial, habremos hecho nuestro trabajo” (Council on Foreign Relations, 2026). La frase revela una verdad incómoda para Estados Unidos: la estrategia de soft power de EE.UU. en este torneo descansa en la capacidad del espectáculo deportivo para desplazar el contexto político del centro de la atención internacional, antes que en la coherencia entre ese contexto y la narrativa que el evento proyecta. Es, en esencia, lo opuesto de lo que Grix y Brannagan (2016) identifican como condición para que el soft power funcione efectivamente.
Haley Carter, presidenta de operaciones del Washington Spirit, ofreció un diagnóstico preciso: “EE.UU. está participando en el fútbol e involucrándose en una plataforma que no construyó” (Council on Foreign Relations, 2026). La frase ilumina una contradicción: EE.UU. busca capitalizar un lenguaje global que históricamente no ha sido el suyo, en un momento en que su política migratoria, su retórica hacia sus vecinos co-anfitriones y su posicionamiento internacional contradicen la narrativa de apertura que el torneo debería proyectar. Aplicando el filtro de Brannagan y Giulianotti (2018), los recursos existen, pero la credibilidad que necesitan para convertirse en soft power efectivo parece estar siendo erosionada por las propias decisiones del gobierno que organiza el evento.
Canadá: consolidación de una imagen preexistente
Para Canadá, esta será la primera vez que albergue encuentros de una Copa del Mundo. En total, recibirá doce partidos, distribuidos entre Toronto y Vancouver, dos de sus ciudades más importantes (La Capital, 2026).
A su vez, el Mundial 2026 representa una oportunidad imagen internacional que ya suele asociarse con valores como el multiculturalismo, la estabilidad política y la apertura. Gracias a este evento, el propio Gobierno Canadiense ha llegado a declarar que “el fútbol, y no el hockey, es el deporte más popular entre los niños canadienses” (Westhead, 2026; Newton, 2026). A su vez, la población canadiense ve a su equipo como un verdadero representante multicultural ya que, por ejemplo, algunos de sus jugadores más importantes como lo es el capitán del seleccionado, Alphonso Davies, creció en un centro de refugiados y logró asentarse en Canadá gracias a un programa de reasentamiento de ACNUR (Vanderhoeven, 2026). Es así que desde las máximas autoridades de ese país entendieron al torneo como un espacio de cooperación internacional y un escenario para impulsar los estándares y valores más altos del deporte, basados estos últimos principalmente en el respeto de los derechos humanos y la sostenibilidad (Wheeler, 2026).
Asimismo, el torneo ofrece una oportunidad para incrementar la visibilidad internacional de ciudades importantes como Toronto y Vancouver, permitiendo que se posicionen como centros globales de innovación, desarrollo urbano y convivencia multicultural (La Capital, 2026). De esta manera, el Mundial también funcionará como un mecanismo para reforzar la marca país y proyectar hacia el exterior los valores que el gobierno canadiense busca asociar a su identidad nacional.
Limitaciones del soft power deportivo
Organizar un Mundial garantiza visibilidad global, pero visibilidad no equivale a atracción. Esa confusión es la que, para Brannagan y Giulianotti (2018), lleva a los Estados a sobrestimar el rendimiento de su inversión en soft power deportivo. La reputación de un Estado depende de la coherencia entre la imagen que busca proyectar y las políticas que implementa en la práctica, y de si las audiencias internacionales están dispuestas a recibirla como creíble.
El estudio de Gerschewski et al. (2024) sobre el Mundial de Qatar 2022 ilustra esta limitación. A partir de una encuesta experimental realizada en ocho países europeos, los autores concluyen que el éxito del sportswashing no es automático ni uniforme, sino que depende de las dinámicas de encuadre mediático y del contexto informativo en el que se reciben dichos mensajes: cuando el torneo era enmarcado en términos de derechos humanos, las actitudes hacia Qatar se volvían más negativas; cuando se enfatizaba su capacidad organizativa, mejoraban. No basta con organizar un gran evento para mejorar la reputación internacional ya que si los medios y el debate público enfatizan los abusos o problemas del país anfitrión, el evento puede incluso generar el efecto contrario al buscado.
En el caso estadounidense, por ejemplo, cuestiones vinculadas a la polarización política, tensiones migratorias o discusiones sobre seguridad fronteriza ocupan un lugar destacado dentro del propio espectáculo deportivo. Por ello, siguiendo a Erick Fajardo, “un buen papel de local implica adquirir una percepción de soft power que matice y fortalezca la percepción de poder duro que ya tiene Trump” (Izquierdo, 2026). Del mismo modo, México enfrenta cuestionamientos relacionados con la violencia asociada al crimen organizado (Traeder, 2026), mientras que Canadá presenta limitaciones en sus controles fronterizos y estatutos locales que pueden variar entre sus diez provincias.
Conclusiones
La organización conjunta del Mundial 2026 por parte de Estados Unidos, México y Canadá demuestra que los megaeventos deportivos continúan siendo concebidos por los Estados como instrumentos de política exterior. Más allá de los beneficios económicos, el torneo ofrece una plataforma excepcional para proyectar narrativas nacionales, reforzar reputaciones internacionales y comunicar valores ante una audiencia global.
Sin embargo, el análisis de los tres anfitriones revela que el soft power deportivo no opera de manera uniforme. México parece contar con una estrategia particularmente coherente, apoyada en una identidad futbolística consolidada y una narrativa cultural ampliamente reconocida. Canadá busca reforzar una reputación internacional ya asociada al multiculturalismo, la cooperación y la apertura. Estados Unidos, por su parte, enfrenta el complejo desafío de intentar que el espectáculo deportivo complemente una imagen internacional que actualmente se encuentra atravesada por tensiones políticas internas y cuestionamientos externos.
Al mismo tiempo, las limitaciones identificadas obligan a matizar cualquier visión excesivamente optimista sobre el impacto de estos eventos. Organizar una Copa del Mundo garantiza visibilidad global, pero no necesariamente genera mayor atracción internacional. La reputación de un Estado continúa dependiendo de la coherencia entre la imagen que busca proyectar y las políticas que implementa en la práctica.
En este sentido, el Mundial 2026 constituye menos una celebración deportiva aislada que un escenario de competencia simbólica entre Estados. Mientras las selecciones disputan el trofeo dentro del campo de juego, los países anfitriones intentan consolidar narrativas sobre quiénes son, qué representan y qué lugar aspiran a ocupar en el mundo. El resultado de esa competencia, a diferencia del campeonato, probablemente tardará mucho más en conocerse.
Referencias
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