La conmemoración de los ochenta años de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 expone una realidad alarmante: el compromiso global por el desarme nuclear ha cedido ante una renovada carrera armamentista. Este hito histórico, que según reporta la BBC resultó en la muerte inmediata de entre 50,000 y 100,000 personas (Serrano, 2015), transformó la historia militar y las relaciones internacionales al demostrar el poder destructivo absoluto del átomo como pilar del poder estatal. A pesar de los llamados consistentes de sobrevivientes y organismos internacionales por la prohibición y eliminación de estas armas, la comunidad internacional se encuentra ante el inicio de una Tercera Era Nuclear caracterizada por la multipolaridad y el retorno de la competencia existencial entre grandes potencias.
Mientras que en las primeras décadas del siglo XXI la preocupación central se enfocó en el terrorismo nuclear y los “Estados parias”, hoy las potencias nucleares reconocidas han vuelto a situar la amenaza atómica en el centro de su política exterior, expandiendo y modernizando sus arsenales de forma activa.
A diferencia de la estabilidad relativa de la posguerra, el orden actual enfrenta el desgaste de las instituciones globales; la reciente Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación cerró sin consenso por tercera vez consecutiva, evidenciando una desconfianza diplomática que hace casi imposible alcanzar acuerdos sustantivos sobre la gestión de riesgos.
En este escenario, la estabilidad estratégica se encuentra en un punto de quiebre: la seguridad global ha dejado de depender de una disuasión predecible para trasladarse a una red de riesgos interconectados en donde el empleo de drones, la integración de la Inteligencia Artificial en los sistemas de comando y el desarrollo de armas hipersónicas están erosionando las normas que evitaron una catástrofe desde 1945.
El Desgaste del Régimen de No Proliferación
El orden nuclear actual ya no se rige por la paridad bipolar. Siguiendo las cifras del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) –organismo encargado del seguimiento del arsenal nuclear a nivel mundial– hoy en día son nueve los países que poseen armas nucleares, con Rusia y Estados Unidos manteniendo el 90% del arsenal global: alrededor de 12,000 ojivas, de las cuales más de 9000 están listas para ser utilizadas; y una China en franca expansión, que ya supera las 400 ojivas (Peirano, 2023).
Mientras, el marco normativo que ha contenido la amenaza nuclear desde la Guerra Fría atraviesa una crisis de eficacia sin precedentes. La Conferencia De Examen del Tratado No Proliferación (2026) concluyó recientemente sin un documento de consenso, marcando el tercer fracaso consecutivo del foro (tras los intentos fallidos de 2015 y 2022). Esta parálisis diplomática no es un hecho aislado, sino el reflejo de una distancia creciente entre las potencias nucleares y los Estados no poseedores. Mientras que el Artículo VI del TNP obliga abiertamente a las potencias al desarme, la realidad muestra que estas no sólo mantienen sus capacidades, sino que amplían y modernizan sus arsenales de forma activa, alimentando una desconfianza que erosiona los cimientos del tratado.
¿Sigue siendo válida la lógica de la disuasión?
La teoría de la disuasión establece que un actor decide no atacar por temor a una represalia inaceptable. En términos de capacidades nucleares, su utilidad reside paradójicamente en su no uso: las armas se poseen para asegurar que el oponente entienda que cualquier agresión resultará en un castigo severo.
Para que la disuasión sea efectiva deben converger tres elementos fundamentales: racionalidad, credibilidad y capacidad. En el escenario actual, su validez es objeto de un intenso debate entre dos escuelas.
La primera de ellas es la postura realista. Esta idea, propuesta por Kenneth Waltz, sostiene que “más puede ser mejor” ya que la posesión de armas nucleares por múltiples actores obligaría a un comportamiento cauteloso y racional para evitar el suicidio nacional (Waltz, citado en Chinchilla Adell, 2018). Bajo esta lógica, la disuasión multipolar generaría un equilibrio de poder similar al de la Guerra Fría.
Por el contrario, la escuela liberal-pesimista, liderada por Scott Sagan, sostiene que la tesis de que “más será peor”. Su argumento, fundamentado en teorías organizativas, advierte que la falta de control civil sobre estamentos militares en sistemas multipolares eleva drásticamente las probabilidades de ataques preventivos, accidentes o fallos críticos en la cadena de mando (Sagan, citado en Chinchilla Adell, 2018).
A este debate se suma el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) y de los sistemas aéreos no tripulados (UAS). Su integración en los sistemas de mando y control está comprimiendo los tiempos de decisión, reduciendo el margen de error humano y erosionando la estabilidad de la disuasión tradicional.
El uso de la IA permite la identificación y priorización de objetivos, lo que reduce la intervención humana en fases críticas y comprime drásticamente el ciclo de decisión. Esto crea una transparencia operativa donde cualquier movimiento es detectable y neutralizable de forma prácticamente instantánea, eliminando la noción de una retaguardia segura que sostenía la estabilidad estratégica tradicional.
Si bien la posesión mutua de armas nucleares evitaría una guerra total, genera un aumento de la inestabilidad en niveles inferiores, fomentando conflictos con armas convencionales o el uso de proxies. Esto se observa en el empleo estratégico de drones como herramientas de proyección de poder, disuasión y presión sostenida en el marco de guerras “en la sombra” (como el conflicto entre Israel e Irán) donde se busca presionar al adversario sin cruzar el umbral nuclear.
A su vez, un desafío que se presenta –ausente durante la Guerra Fría– es la existencia de actores no estatales cuya racionalidad genera incertidumbre. Si bien es altamente improbable que un Estado les ceda capacidades nucleares, ya que significaría perder el control sobre su propia seguridad, utilizan armamento convencional y drones (UAS) para introducirse en la competencia estratégica y generar efectos significativos.
La erosión del consenso: Hacia un escenario de proliferación incontrolada
Las consecuencias apuntan a lo que Rafael Grossi denomina una “nueva carrera nuclear”. El mayor peligro para el orden actual es un posible “efecto dominó” donde la atmósfera de polarización y conflicto lleve a otros países a replantearse su permanencia en el régimen de no proliferación un mundo con 20 países en posesión de armas nucleares sería, en palabras del titular del OIEA, “extremadamente peligroso” (Grossi, citado en Roca, 2026). La pérdida de credibilidad de las instituciones globales para exigir salvaguardias y controles más rigurosos deja al sistema en una posición de extrema fragilidad; los Estados optan por coaliciones más pequeñas y flexibles (como grupos de mediación en conflictos regionales o acuerdos de defensa técnica) que, si bien logran avances puntuales, terminan por fragmentar la gobernanza internacional y debilitar las normas comunes.
De Hiroshima a la incertidumbre multipolar
Al conmemorar un nuevo aniversario de Hiroshima, el contraste con el presente es desolador. El compromiso nacido de las cenizas de 1945 se enfrenta hoy a una pérdida progresiva de eficacia y credibilidad del sistema multilateral.
El orden internacional actual no parece estar avanzando hacia el desarme soñado por los sobrevivientes, sino hacia un escenario de fragmentación y sospecha donde las armas nucleares han recuperado su centralidad estratégica. Mantener la cohesión de las normas que sostuvieron la estabilidad durante décadas es hoy el desafío más urgente para evitar que el legado de Hiroshima se convierta en un simple prólogo de una nueva y más compleja era de peligro atómico.
Referencias
Chinchilla Adell, M. (2018). La efectividad de la teoría de la disuasión en la proliferación de armas nucleares en Oriente Medio. Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE).
Pérez, T. (2026). Doctrina del empleo de drones en el Siglo XXI. Radar Austral.