La búsqueda de influencia y supervivencia nacional por parte de los Estados no ha cambiado: sigue siendo un motor importante en la relación entre estados. Lo que ha cambiado es el entorno en el que esa competencia se despliega. En el plano físico, la interdependencia de cadenas de suministro, recursos y materiales críticos y rutas comerciales han elevado de forma significativa el costo de accionar de forma aislada en el mundo. En el ciberespacio, esa interdependencia se profundiza aún más; el control sobre infraestructuras digitales, flujos de datos, estándares tecnológicos y modelos de inteligencia artificial han generado nuevas formas de dependencia y vulnerabilidad. La combinación de ambas dimensiones convierte el riesgo de quedar al margen de las redes estratégicas en un hecho que condiciona tanto la competencia como los intentos de cooperación entre los países, desplazando en importancia a la mera disputa por el control territorial.
En julio de 2026 se realizó la primera sesión del Diálogo Global sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial, una iniciativa impulsada por Naciones Unidas que buscaba impulsar reglas comunes y cooperación internacional frente a esta tecnología. Asimismo, en este contexto, en febrero de este año, Estados Unidos marcó su rechazo a una política de gobernanza global,regulación multilateral vinculante y el control centralizado en pos de la innovación de esta tecnología. Este fenómeno muestra cómo la tecnología ya no es solamente una herramienta de desarrollo sino que es un nuevo ámbito de disputa por la hegemonía mundial. En el caso de Estados Unidos, la inteligencia artificial (IA) no es un bien público global, sino un elemento primordial de su seguridad nacional y un activo estratégico con el fin de preservar su prosperidad y hegemonía con lo cual permite visualizar la consolidación de un orden tecnopolar donde las grandes corporaciones tecnológicas asumen funciones de gobernanza de facto, desplazando a menudo la autoridad de los Estados lo cual afecta su soberanía.
En este escenario, donde un discurso de cooperación universal convive con dinámicas de competencia de suma cero por el control de recursos estratégicos, resulta pertinente preguntarse qué tan factible es la gobernanza global en un ámbito tan relevante y nombrado como lo es tecnología. El presente análisis examina cómo la disputa por el liderazgo tecnológico ha configurado una rivalidad entre Estados Unidos y China en sectores de vanguardia como los semiconductores e Inteligencia Artificial. Lo que ha debilitado la cooperación multilateral, debido a que el foco se dirige más hacia la competencia por la innovación que en la regulación técnica del sector tecnológico. Asimismo, a través de la teoría de los regímenes internacionales y el concepto de soberanía digital, se explorará qué implica para las naciones —especialmente para regiones periféricas como América Latina— depender de modelos, chips y plataformas externas que ratifican jerarquías históricas y amenazan con consolidar una nueva forma de neocolonialismo algorítmico.
¿Cómo se mide el Liderazgo Tecnológico?
La negativa por parte de Estados Unidos durante la primera sesión del Diálogo Global sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial, puso en evidencia algo más que las suposiciones sobre las capacidades tecnológicas de Estados Unidos y China, revelando una incertidumbre más profunda sobre cómo medir el liderazgo tecnológico.
El poder de frontera tecnológico es el nivel más avanzado de conocimiento y eficiencia productiva alcanzados en un momento dado, los países o empresas que están en la frontera son los que impulsan el progreso técnico (Dosi, 1982) y poseen capacidad tecnológica real. Para Zawislak et al. (2012a; 2013) la innovación tecnológica se refiere a la habilidad de las compañías para generar conocimiento nuevo a través de un proceso de cuatro elementos claves: la capacidad tecnológica, la capacidad operacional, la capacidad gerencial y la capacidad transaccional.
La capacidad tecnológica (Guan; MA, 2003) es la responsable de monitorear los avances tecnológicos, asimilar las nuevas tecnologías y proponer nuevas soluciones de valor para el mercado la cual está directamente relacionada con las actividades de I+D (Investigación más Desarrollo). Según Furtado y Carvalho (2005), debido al histórico perfil de los países emergentes, estos fueron constituidos únicamente en un principio como bases productivas enfocadas en embalar y producir diseños ajenos. Sin embargo, en países como China, a través de su programa “Aprender fabricando” (Arrow, 1962), la manufactura funcionó como escuela tecnológica; al recibir producción extranjera, China absorbió conocimiento y lo transformó en crecimiento y posicionamiento en sectores estratégicos. Por ende la capacidad tecnológica aplicada es cuando el país se enfoca en realizar grandes inversiones para desarrollar sus propios productos y procesos (Felsenstein; Bar-El, 1988). Dicho de otro modo, un país puede tener a su disposición el conocimiento científico para innovar y diferenciarse pero aún así limitarse a replicar la tecnología de otro país.
Entonces, la capacidad tecnológica por sí misma no garantiza el poder de frontera tecnológico. Para que la inversión de capital en conocimiento científico desemboque en el aumento de la productividad y competitividad debe de estar acompañada de la capacidad gerencial. Según Andrews (1980) es el establecimiento de objetivos y metas claras para así crear planes de acción y políticas que permitan alcanzarlos, en este sentido, el objetivo central de las empresas tecnológicas no es solo la calidad, ni los plazos, ni un proceso interno, es la posición competitiva en el mercado. En base a ese objetivo es cómo se diseña el plan de inversión. En el plano operacional, el planeamiento de la producción es fundamental (Duchessi et al., 1989), no se trata de contratar “mano de obra barata”, sino de invertir en personal altamente calificado, ingenieros, administradores, posgraduados, enfocados en la teoría de las restricciones que sepan identificar y gestionar los “cuellos de botella” del proceso. Así mismo, la capacidad transaccional se expresa en forma de poder de negociación que se define como la habilidad que una de las partes negociantes tiene para influir en los términos y condiciones de un contrato (o contratos posteriores) a su propio favor (Argyres; Liebeskind, 1999). El poder de negociación que poseen las empresas impacta en la disminución de sus costos de transacción y en su estructura de gobernanza (Bosse; Álvarez, 2010).
El dominio de estas cuatro capacidades es lo que permite a un país alcanzar la vanguardia del desarrollo técnico, y por ende, el aumento de sus ingresos destinados a la reinversión en infraestructura e investigación. Geopolíticamente hablando, los descubrimientos e innovaciones tecnológicas fruto de este proceso originado en laboratorios o universidades, suelen transformarse rápidamente en empresas, patentes y productos comerciales convirtiéndose en una herramienta de poder debido a que son fuente de riqueza y crecimiento económico (Isaacson, 2014).
La brecha tecnológica sigue siendo un factor determinante en las dinámicas de poder. El viejo “club cerrado” occidental del siglo XX ya no existe en los mismos términos: China rompió ese monopolio y hoy disputa activamente una frontera tecnológica concentrada en dos polos: el estadounidense y el propio país asiático. Por una parte, Estados Unidos ha alcanzado la eficacia en el rendimiento de los modelos, capacidad de procesamiento, acceso a semiconductores avanzados, gracias a la capacidad de computación sustentado por el desarrollo de la IA de vanguardia, ocupando posiciones clave en el diseño de chips, herramientas de software y arquitecturas informáticas. El gobierno chino, ante el avance estadounidense en el sector tecnológico, ha hecho hincapié en la integración de la IA en todos los sectores productivos, en lugar de limitar su atención a los laboratorios más destacados, reduciendo la importancia relativa de la mano de obra como componente principal de los costos de producción, lo que le permite canalizar la inversión hacia la innovación en vez de salarios. Así mismo en comparación con las empresas estadounidenses, las compañías chinas han demostrado su capacidad para producir modelos cada vez más avanzados a menor costo, estos al ser más accesibles y fáciles de implementar les ha permitido acceder a los mercados emergentes. De esta manera es como China intenta contrarrestar el poderío Estadounidense priorizando la implementación de la IA en toda la economía nacional, mientras que Estados Unidos se enfoca en mantener el liderazgo en semiconductores avanzados, infraestructura informática a gran escala y modelos de IA de última generación por medio de la atracción de mano de obra global especializada y de financiamiento internacional. (Rossi, 2025)
La cuestión fundamental gira en torno a cómo el poder, que estos grandes obtienen gracias a las fortalezas competitivas en el sector, impacta en el aumento de la capacidad de usar la dependencia como arma ante una crisis o confrontación directa entre ambos. Chris Miller, documentó cómo la cadena de producción de chips se convirtió en el nuevo terreno de disputa geopolítica entre Estados Unidos y China, comparable en importancia estratégica a lo que fue el petróleo en el siglo XX. Pese a que Estados Unidos sigue manteniendo una ventaja sustancial en comparación con China, este ha fracasado ampliamente en la disminución de la dependencia por parte de grandes empresas, como Apple y Sony, hacia los proveedores externos concentrados en Asia Oriental, especialmente en Taiwán. Estos últimos alegan que contratar fabricantes externos es más rentable que invertir en la contratación de diseñadores y construcción de infraestructura, priorizando más el ahorro de capital por encima de la posición geográfica de donde provengan los componentes para sus artículos. A diferencia de la percepción de Estados Unidos, quien lo ve como amenaza a su industria nacional, el mismo intentó relocalizar la producción de chips fuera de Taiwán, pero a raíz de la carga regulatoria norteamericana y el gran costo de capital, no fue posible y aún así pudiera mitigar esos obstáculos sería imposible recrear el mismo proceso de fabricación originado en la isla, hecho que le ha brindado a Taiwán una ventaja competitiva no solo frente al poder estadounidense sino también le ha servido como escudo contra los intentos de unificación por parte de China (Reinsch & Whitney, 2025).
Esto evidencia que ocupar una posición central en el sistema tecnológico global no conlleva, de forma necesaria, un poder de coerción ilimitado, dado que es el propio intercambio tecnológico, expresado en los inputs de trabajo y capital, y en el output de producto e innovación (FELSENSTEIN; BAR-EL, 1988), el que regula las relaciones de dependencias, como fue expuesto, no operan exclusivamente desde los estados menos desarrollados hacia los más desarrollados sino también entre pares, creando así una red compleja de interdependencia asimétrica. Sin duda, el grado de negociación por parte de países emergentes que lograron alcanzar la frontera de poder tecnológico, como Taiwán, ha crecido del mismo modo en el que las alianzas regionales aún siguen dependiendo del nivel de proteccionismo o apertura que Estados Unidos maneje con respecto a su política comercial y su competencia frontal con China, lo cual no solo se ha visto reflejado en la economía mundial, que intenta mantenerse lo más flexible posible, sino también en los foros y organismos internacionales que aún continúan al margen de las agendas estatales.
El espejismo del multilateralismo y la teoría de los regímenes internacionales
La teoría de regímenes internacionales, desarrollada por Robert Keohane (1984) en su obra After Hegemony, define a estas instituciones como conjuntos de principios, normas, reglas y procedimientos de toma de decisiones alrededor de los cuales convergen las expectativas de los actores en áreas específicas de las relaciones internacionales. Keohane (1984) sostiene que, aunque un poder hegemónico suele ser fundamental para la creación de estos regímenes, su valor funcional permite que la cooperación persista incluso tras el declive de la hegemonía, ya que estas instituciones son más fáciles de mantener que de crear. Por lo tanto, la función de los regímenes es facilitar la coordinación entre estados considerados “egoístas racionales” para reducir los costos de transacción y disminuir la incertidumbre mediante la provisión de información fiable y simétrica (Keohane, 1984). Con lo cual, al cambiar el escenario en el que los gobiernos calculan sus intereses y otorgar un valor estratégico a la reputación, estas instituciones incentiven el cumplimiento de los acuerdos internacionales incluso en ausencia de una autoridad jerárquica centralizada (Keohane, 1984)
Sin embargo, la existencia de la cooperación depende de que los actores perciban que ganan más participando del régimen que actuando por fuera de él. En el caso de la IA, el esfuerzo de la ONU, materializado en el Pacto Digital Global y en la creación del Panel Científico Internacional Independiente, buscaba precisamente crear este lenguaje común basado en los derechos humanos y la dignidad (Paz Andrés Sáenz de Santa María,2026; Debat, 2026). No obstante, este régimen es definido por diversos analistas como una “multipolaridad disfuncional”, dado que las potencias en disputa prefieren el bloqueo sistemático o la creación de alianzas regionales antes que aceptar restricciones universales a su autonomía regulatoria (Gómez-Cumpa y Fanning-Balarezo, 2025). Por lo tanto, Estados Unidos rechaza la gobernanza global de la IA porque concentra la ventaja comparativa más amplia en cómputo, modelos fundacionales y capital de inversión. Entonces, un régimen multilateral tendería a nivelar esa ventaja, no a preservarla.
Robert Gilpin lo explicó en su teoría de la estabilidad hegemónica donde una potencia dominante acepta instituciones internacionales solo mientras esas instituciones no restrinjan su margen de maniobra futuro. Cuando el cálculo cambia, el hegemón se retira, donde se interpreta que el Derecho Internacional no debe “obstaculizar la paz y la prosperidad” tal como las entiende el poder hegemónico.
Bajo esta lógica, se cuestionan pilares del orden comercial multilateral como el principio de la nación más favorecida para favorecer acuerdos plurilaterales discriminatorios que aseguren mercados para sus propias corporaciones.Con lo cual, la IA ha provocado que el concepto de soberanía absoluta de Westfalia mute hacia una soberanía adaptativa o incluso cibersoberanía, donde el Estado prioriza su seguridad nacional y la competitividad de sus empresas sobre cualquier norma internacional de “derecho blando” o declarativo.
En este contexto, la gobernanza global se presenta como un mosaico de “tecno-bloques” en lugar de un régimen unificado. El bloque estadounidense, orientado al mercado y la desregulación, choca frontalmente con el modelo chino de control estatal y el modelo europeo centrado en derechos. Esta fragmentación no es solo técnica, sino ideológica: es una “guerra de estándares” donde lo que está en juego es quién definirá las reglas de la vida digital en las próximas décadas. Mientras la ONU intenta gestionar un ecosistema normativo complejo, el diálogo se convierte en un fin en sí mismo ante la imposibilidad de alcanzar tratados vinculantes globales.
Soberanía digital: la materialidad de la dependencia
La soberanía digital, definida como la capacidad de un Estado para controlar de forma autónoma sus infraestructuras, datos y decisiones tecnológicas, es actualmente una condición estratégica de supervivencia política (De Freitas, 2025; SELA, 2025). Sin embargo, en gran parte del mundo, especialmente para América Latina y el Sur Global, es una dependencia tecnológica estructural (Reyes Núñez, 2020). La dependencia a modelos de IA, chips y plataformas externas significa ceder parte de la soberanía cognitiva y política a tecnocracias extranjeras (Pérez Alfaro,2026). Principalmente China y Estados Unidos concentran y controlan los tres pilares del ecosistema digital: software, hardware y conectividad de red (Guerra González et al., 2022). Esta asimetría genera lo que denomina colonialismo digital o extractivismo de datos en donde las poblaciones del Sur Global proveen la materia prima (datos brutos) que es procesada en los centros de cómputo avanzado del Norte para luego ser reimportada como servicios algorítmicos terminados a un alto costo (Zuluaga Ocampo,2025; Echegoyemberrya, 2025; Pérez Alfaro, 2026).
Al igual que en la era industrial se extraían minerales para alimentar las fábricas metropolitanas, hoy se extrae información personal y cognitiva para alimentar los algoritmos del Norte (Echegoyemberrya,2025; Zuluaga Ocampo,2025). Esta asimetría asegura que el Sur asuma los costos biológicos y sanitarios de la producción tecnológica, como el agotamiento de acuíferos para refrigerar servidores o la contaminación por desechos electrónicos, mientras que el Norte captura las rentas monopólicas derivadas de la propiedad intelectual (Pérez Alfaro,2026;Zavala Martínez y García Serrano, 2026).
No obstante, este escenario de fragmentación puede servir para la creación la propuesta estratégica en América Latina para que diseñe sus propias herramientas tecnológicas en función de la estructura social y ecológica (Hernández Fuentes, 2022;Zavala Martínez y García Serrano, 2026). Como es el caso de iniciativas como Latam-GPT demuestran que es posible construir sistemas de conocimiento representativos y gestionados localmente que cubran las carencias que los modelos comerciales no tienen incentivo para atender (Debat, 2026). Por lo tanto, la región debe avanzar hacia un desarrollo digital que abarque la creación de infraestructuras regionales federadas de cómputo, políticas de fiscalidad digital progresiva y el fomento de tecnologías de código abierto con el objetivo de construir una IA que responda a las necesidades locales y respete la dignidad humana (Signorelli, 2025; SELA, 2025).
Conclusión
El mercado y su volatilidad constante configuran hoy el marco de las relaciones entre estados e industrias, un marco cada vez más fragmentado en el que el poder efectivo recae en quienes saben adaptarse a esa dinámica. Son estas fuerzas las que determinan quién gana y quién pierde. Solo quien posee capital suficiente puede cuestionar ese resultado, ya que es el capital, y no un tratado vincular, lo que permite relocalizar todo un ecosistema de bloques de influencia a su alrededor. Dejando en claro que la seguridad, incluso la de los estados, se ha convertido en una mercancía que se compra, y cuanto más se invierte en ella de manera estratégica, más garantías se pretenden obtener y el precio no cualquier país lo puede pagar.
Por otro lado, para las naciones del Sur Global, este escenario ha convertido la autonomía en un espejismo, relegándolas a una posición de dependencia estructural donde se importan «cajas negras» algorítmicas que imponen sesgos, valores y visiones del mundo ajenas a las realidades locales. Bajo este circuito asimétrico, el Sur Global asume los costos biofísicos y sanitarios de la producción tecnológica (como el agotamiento de acuíferos para refrigerar servidores y la acumulación de desechos electrónicos), mientras que las rentas monopólicas derivadas de la propiedad intelectual fluyen exclusivamente hacia las tecnocracias extranjeras. Por lo tanto, el desarrollo de la inteligencia artificial bajo este modelo no actúa como un motor de convergencia, sino como un acelerador de la divergencia y la desigualdad planetaria.
Referencias
Arrow, K. J. (1962). The economic implications of learning by doing. The Review of Economic Studies, 29(3), 155–173. https://doi.org/10.2307/2295952
Andrés Sáenz de Santa María, P. (2026). Contribuyendo a la gobernanza global: La Asamblea General impulsa la regulación de la inteligencia artificial. REDI. Revista Española de Derecho Internacional, 78(1), 319–329. https://doi.org/10.36151/REDI.78.1.11
Debat, H. (2026). Ciencia, bienes comunes y soberanía digital: Hacia una inteligencia artificial gobernada por la comunidad. Infonomy, 4(3). https://doi.org/10.3145/infonomy.26.018.
De Freitas, M. V. (2025). Digital sovereignty and data colonialism: Shaping a just digital order for the Global South (Policy Paper No. PP-38/25). Policy Center for the New South. https://www.policycenter.ma/publications/digital-sovereignty-and-data-colonialism-shaping-just-digital-order-global-south
Dosi, G. (1982). Technological paradigms and technological trajectories: A suggested interpretation of the determinants and directions of technical change. Research Policy, 11(3), 147–162. https://doi.org/10.1016/0048-7333(82)90016-6
Echegoyemberry, M. N. (2025). Colonialismo digital y captura corporativa: Debates actuales sobre los usos de la Inteligencia Artificial en el sector público desde la perspectiva de actores sociales. Revista Debate Público. Reflexión de Trabajo Social, (30)
Gómez-Cumpa, J. W., & Fanning-Balarezo, M. M. (2025). Geopolítica de la complejidad: hegemonía, control digital y el Sur Global. Quellccak Revista de Ciencias Sociales, 1(2), 7
Guerra González, J. T., Suárez Estrada, M., & Cerratto-Pargman, T. (2022). Construyendo soberanía digital en América Latina: un análisis de las iniciativas de cuatro colectivos sociales. Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación, (149), 227-242. https://doi.org/10.16921/chasqui.v1i149.4628
Hernández-Fuentes, A. P. (2022). Cooperación digital y soberanía tecnológica para cerrar la brecha digital en la cuarta revolución industrial. Oasis, (36), 77-94
Isaacson, W. (2014). The innovators: How a group of hackers, geniuses, and geeks created the digital revolution. Simon & Schuster.
Miller, C. (2022). Chip war: The fight for the world’s most critical technology. Scribner.
Pérez Alfaro, A. (2026). Tecnocracias digitales y soberanía algorítmica: la disputa por el poder infraestructural en el siglo XXI. TSAFIQUI | Revista Científica en Ciencias Sociales, 16(2), 139-152
Reinsch, W. A., & Whitney, J. (2025, 10 de enero). Silicon Island: Assessing Taiwan’s importance to U.S. economic growth and security. Center for Strategic and International Studies.
Reyes Núñez, C. (2020). Dependencia tecnológica, corporaciones transnacionales e inteligencia artificial en América Latina [Tesis de maestría, Universidad Nacional Autónoma de México].
Rossi, E. (2026, 23 de junio). At the frontier and beyond: Competing theories of technological power in U.S.-China AI competition. India Narrative. https://www.indianarrative.com/tech/at-the-frontier-and-beyond-competing-theories-of-technological-power-in-u-s-china-ai-competition/
Signorelli, G. V. (2025). Habitar la democracia: reflexiones en tiempos de Inteligencia Artificial. Tramas y Redes, (10)
Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe. (2025). Gobernanza ética de la inteligencia artificial: Grandes empresas tecnológicas, inteligencia artificial y la gobernanza global tecnológica. SELA.
Zawislak, P. A., Fracasso, E. M., & Tello-Gamarra, J. (2013). Intensidade tecnológica e capacidade de inovação de firmas industriais. Trabajo presentado en ALTEC 2013 – XV Congreso Latino-Iberoamericano de Gestión Tecnológica, Oporto, Portugal. https://www.altec2013.org/programme_pdf/1366.pdf
Zuluaga Ocampo, J. A. (2025). Inteligencia artificial, monopolio y control del conocimiento: entre la ética y el poder. Revista Arista Jurídico-Política, 2(2), 29-48. https://doi.org/10.22490/30730252.10454
Zavala Martínez, D., & García Serrano, L. A. (2026). Colonialismo digital y justicia climática: apuntes críticos desde la teoría de la dependencia. Tramas y Redes, (10), 127-143