I. Introducción
Un nuevo informe de la OIT analiza las principales cuestiones que han configurado la dinámica del mercado laboral en América Latina durante los últimos años y que han obstaculizado el crecimiento y la productividad económica: la informalidad laboral, que sigue afectando a cerca de la mitad de los trabajadores de la región; la brecha de productividad entre las grandes y las pequeñas empresas, que limita la creación de empleos de calidad; la inserción de la mujer en el mercado laboral; y, por último, la integración laboral de los migrantes, que aún supone un reto político clave para los países de acogida (Bertranou y Gontero, 2025).
En el presente artículo, nos centraremos específicamente en la situación de los jóvenes latinoamericanos ya que estos, a pesar de tener un nivel educativo promedio más alto que las generaciones anteriores, siguen enfrentando grandes obstáculos para acceder a empleos formales y bien remunerados, así como para progresar en su carrera profesional, convirtiéndose así en uno de los grupos de la población más afectados dentro de este panorama laboral. El eje de análisis se centrará en cómo las estructuras del mercado de trabajo responden a los procesos de globalización y transformación tecnológica, en particular, la automatización y la expansión de las plataformas digitales, y de qué manera esa respuesta condiciona (o limita) la inserción laboral, el desarrollo profesional y la pertenencia de los jóvenes en el mercado de trabajo en la región. Para ello, el trabajo comienza presentando un panorama global y regional del empleo juvenil a partir de datos de la OIT, el WEF y el FMI, para analizar cómo este afecta o beneficia la situación ocupacional de los jóvenes latinoamericanos.
II. Marco conceptual y contextual
Sección 1. Panorama global del empleo juvenil
En 2025, el desempleo juvenil global (jóvenes de 15 a 24 años, según la definición estándar de la OIT) subió 12,4%. En América Latina y el Caribe, la desocupación cayó a cerca de 6% en el primer semestre de 2025, una de las más bajas en quince años; sin embargo, la informalidad se mantuvo en 46,7%. Los jóvenes de 15 a 24 años registran una desocupación casi tres veces la de los adultos y una informalidad de 56% frente a 43% de los adultos (OIT, Panorama Laboral 2025). Estos datos revelan una contradicción y que la caída del desempleo no se ha traducido en mejores condiciones laborales para los jóvenes, quienes continúan concentrados de forma desproporcionada en el empleo informal.
Honduras y Argentina ilustran dos realidades que se repiten en el resto de países de América Latina. En Honduras, 793.133 jóvenes de 15 a 29 años enfrentan problemas de empleo (39% del total nacional): pese a un desempleo abierto bajo (4,9%), la informalidad llega a 78% y 7 de cada diez deportados son jóvenes a los cuales les cuesta 4 a 5 meses reincorporarse a la población económicamente activa (INE Honduras, 2025). En Argentina, la informalidad juvenil oscila entre 60% y 67% y la desocupación juvenil llegó a 16% en el primer trimestre de 2026, casi el triple de la general (7,8%) (Infobae, 2026).

Fuente : Elaboración Propia.
Sección 2. Exposición ocupacional a IA generativa en América Latina
¿Está la IA cerrando la puerta de entrada?
El trabajo de Brynjolfsson et al. (2025), del Stanford Digital Economy Lab, titulado Canaries in the Coal Mine? Six Facts about the Recent Employment Effects of Artificial Intelligence, utiliza registros administrativos de nómina de ADP correspondientes a millones de trabajadores en decenas de miles de empresas. Los hechos que documenta son: 1. Los trabajadores de inicio de carrera (22 a 25 años) en ocupaciones expuestas a IA experimentaron una caída relativa de empleo de 16%, mientras el empleo de trabajadores experimentados en las mismas ocupaciones se mantuvo estable; esto muestra una tendencia en donde las empresas dejan de contratar juniors en lugar de bajarles el salario por menos productividad. El caso más marcado es el de los desarrolladores de software jóvenes, con una reducción cercana al 20% desde 2022.
Esto abre un debate sobre cuál es el nuevo valor agregado que los jóvenes pueden aportar al mercado laboral, una vez cubiertos los aspectos técnicos con herramientas IA será necesario desarrollar habilidades blandas como expresión oral, lenguaje no verbal, y la capacidad de generar ideas y curiosidad, las cuales son propias de los seres humanos y especialmente de los jóvenes. Esta hipótesis coincide con las proyecciones del Foro Económico Mundial (2025), cuyo informe The Future of Jobs Report 2025 identifica el pensamiento analítico, la resiliencia, la flexibilidad y la creatividad como las competencias centrales para 2030, mientras que la curiosidad y el aprendizaje continuo figuran entre las habilidades cuya importancia crecerá con mayor rapidez. En conjunto, estos hallazgos sugieren que la ventaja competitiva de los jóvenes no residirá únicamente en el dominio técnico de las herramientas de IA, sino en su capacidad de combinarlas con habilidades socioemocionales difíciles de automatizar, lo que plantea un reto directo para los sistemas educativos y de formación laboral de la región, que deberán reorientar sus currículos hacia estas competencias híbridas.
Sección 3. Crecimiento del Empleo en Plataformas Digitales
La informalidad en América Latina se podría catalogar como una problemática estructural profundamente arraigada que se ha visto desafiada los últimos años por las diversas transformaciones como consecuencia del auge del comercio internacional y las plataformas digitales. Esta problemática se potenció luego de la pandemia de COVID-19, donde a pesar de los esfuerzos gubernamentales, el trabajo informal en plataformas digitales sigue creciendo, afectando a miles de trabajadores que operan sin contratos formales (Cueva-Jiménez y Bolagay-Larrea, 2025).
El empleo informal se concentra mayormente en ocupaciones elementales, oficios artesanales y trabajos calificados de la agricultura, la silvicultura y la pesca, mientras que el empleo formal predomina entre gerentes, profesionales, técnicos, oficinistas y trabajadores de servicios y ventas. Este patrón se repite en países de todos los niveles de desarrollo, aunque es más marcado en los de bajos ingresos (OIT, 2023). La escolaridad aparece como uno de los factores más determinantes de la informalidad: a menor nivel educativo, mayor probabilidad de insertarse en trabajos informales. En América Latina, gran parte de estos trabajadores no supera el nivel primario, lo que limita sus posibilidades de competir tanto en el mercado laboral formal local como en el internacional (Cueva-Jiménez y Bolagay-Larrea, 2025).
Para los organismos internacionales los procesos de globalización ofrecen más oportunidades, en términos de crecimiento y mayor eficiencia, a los países industrializados. En etapas de transición tecnológica, es normal que la parte negativa, como el desempleo o el ajuste fiscal, recaiga sobre las personas de los niveles de capacitación más bajos pero, en países más desarrollados, estos cuentan con más posibilidades de recibir apoyo especial que les permitan ajustarse a las nuevas condiciones laborales. En los países más ricos de la OCDE (“G-7”) también existe el problema de la insuficiencia de la generación de empleo productivo, pero la diferencia reside en la forma de enfrentarlo y su capacidad para poder hacerlo, por ejemplo: la estrategia de beneficios sociales en los países de Europa continental (seguro de desempleo, subsidios sociales), una estrategia de empobrecimiento en los EEUU y el Reino Unido (salarios reales decrecientes para las ocupaciones de baja calificación) y una estrategia de protección en Japón (estabilidad laboral, proteccionismo). Entonces, si consideramos el “desempleo encubierto”, principalmente la ocupación en actividades de baja productividad y bajas remuneraciones, las tasas de desempleo de estos países estarían en un nivel muy parecido al de aquellos que poseen un sector industrial menos consolidado (Weller, 1998).
Sobre los efectos de la globalización para el empleo en los países del “Tercer Mundo” y específicamente de América Latina, la OCDE y el Banco Mundial plantean que, aparte de las causas coyunturales del desempleo, las cuales deberían atacarse por medio de políticas macroeconómicas adecuadas para evitar desequilibrios, existen causas estructurales que provocan que la flexibilidad del mercado de trabajo desemboque en informalidad y empleos de baja calidad. Sin embargo, esto no implica que la solución sea optar por el extremo opuesto: una rigidez excesiva del mercado laboral tendería, a su vez, a restringir la entrada de nuevos trabajadores, generando exclusión en lugar de protección. (De Becker, Schoukens y Daenen, 2025).
El mercado laboral es un campo donde se lleva a cabo la distribución de gran parte de los recursos de una sociedad, ya que en él entran en juego dos lógicas estructurantes básicas señaladas por Tilly (1999): la salarialización y el autoempleo. La primera da lugar al empleo formal, caracterizado por empresas grandes de alta productividad e instituciones estatales, que generan una importante cantidad de puestos de trabajo para la población. Sin embargo, esta oferta resulta insuficiente: se genera un excedente laboral de naturaleza estructural que, para sobrevivir, debe autogenerar su propio empleo. Es este mecanismo el que constituye al sector informal, entendido como la segunda lógica señalada por Tilly: el autoempleo. Del mismo modo, muchas personas sin empleo optan por emprender como medida de solución frente a las crisis económicas, engrosando también este sector. En el contexto actual de transición tecnológica, la pérdida masiva de empleos en actividades no competitivas forma parte de estos costos, por lo que gran parte del nuevo empleo tendería a surgir, precisamente, en actividades informales (Pérez Sáinz y Mora Salas, 2014).
El problema del trabajo en América Latina y el Caribe es la precariedad (De La Garza, 2005, p. 14). Ahora bien, lo que hace a un empleo precario no es la autonomía del trabajador, sino más bien formas atípicas de empleo y formas contractuales que van desde el empleo asalariado fraudulento (monotributo), pasantías, contratos por tiempo determinado, hasta el empleo no registrado (Barattini, 2009). Estas formas atípicas son, en gran medida, resultado de la regulación rígida laboral y la flexibilidad laboral (Pérez Sáinz y Mora Salas, 2014). La legislación laboral en la región fue la menos reformada en las últimas décadas, y se ha registrado un patrón cíclico en donde hay períodos de regulación estricta sucedidos por períodos de mayor flexibilidad que, a su vez, generan demandas de más regulaciones (González-Velosa et al., 2026).
Las redes suelen ser fundamentales en actividades de emprender y en el control de nichos de mercado (Pérez Sáinz y Mora Salas, 2014). Sin embargo, no todo lo que se presenta bajo el discurso del emprendedurismo responde a esta lógica: las empresas, mediante este discurso, pretenden enmascarar que en realidad no existe una relación laboral cuando en realidad sí la hay, con el matiz de que así pueden evadir los convenios colectivos y las leyes laborales de los territorios en los que operan (Herrera, 2021). Un ejemplo claro de este fenómeno es el trabajo en plataformas digitales. Las investigaciones sugieren que el trabajo en plataformas facilita la informalidad (Hauben, 2020). La economía de plataformas difumina los límites entre el empleo y el trabajo autónomo, dejando a los trabajadores en zonas grises regulatorias y generando relaciones laborales ambiguas con obligaciones de seguridad social poco claras. Además, el trabajo de plataformas se lleva a cabo en un modelo temporal y fragmentado que genera horarios impredecibles los cuales no son cubiertos con ingresos (De Becker et al., 2025).
Actualmente se dan dos procesos a partir de las economías de plataformas. Uno es la “informacionalización” del trabajo, es decir, cada vez más trabajadores vinculados con tecnologías para manejar datos o información, por ejemplo, programadores o diseñadores de software. El otro proceso es la “plataformización”, que son los trabajadores vinculados con apps que brindan servicios a los usuarios, como es el caso de Uber o Rappi (Herrera, 2021). En el contexto del trabajo informal, la digitalización ha permitido la expansión de estas plataformas que ofrecen a los trabajadores flexibilidad y acceso a nuevos mercados que a veces el mercado local no puede ofrecer (Cedrola Spremolla, 2017), lo que conecta cada vez más a las personas del mundo y desdibuja los límites normativos entre los territorios involucrados, dificultando aún más la posibilidad de regular las dinámicas dentro de estas plataformas por parte de los estados, delegando así el control a los algoritmos de las plataformas quienes no tienen en cuenta la parte social del trabajo. (De Becker et al., 2025).
Por otra parte, los resultados de las encuestas de la OIT muestran que la mayoría de los trabajadores de estas plataformas son menores de 35 años con un alto nivel de estudios, en particular, en los países en desarrollo (OIT, 2021). En este sentido, las plataformas digitales pueden leerse como una nueva expresión del mecanismo descrito por Tilly (1999): la insuficiencia crónica del sector formal para absorber a toda la fuerza de trabajo disponible crea un excedente laboral. La diferencia es que este nuevo excedente ya no está compuesto, como en el modelo clásico, por mano de obra de baja calificación, sino por trabajadores jóvenes y calificados que, al no encontrar espacio en el mercado formal, terminan volcándose hacia el autoempleo digital. En línea con lo planteado por Fitoussi y Rosanvallon (1997) sobre la coexistencia entre las desigualdades estructurales e históricas y las nuevas desigualdades surgidas de la globalización: se trata de dos fuerzas de trabajo que, aunque difieren en su perfil de calificación, comparten una misma condición: la de resultar invisibles para un sistema formal que no las registra ni las contabiliza, y que hoy conviven sin reemplazarse dentro del mercado laboral informal. Como advierte Weller (1998), ni siquiera los países con una industria consolidada logran escapar de este problema pero lo que varía entre ellos no es la existencia del mismo, sino en la capacidad y la estrategia con que cada país gestiona sus consecuencias. Así como también a nivel individual, según plantea (Yeoman, 2014), depende de cómo cada persona enfrenta el cambio con respecto a sus propias creencias y con el sentido que le atribuya al trabajo.
Cabe entonces preguntarse: si la precariedad, tal como la definen De La Garza (2005) y Pérez Sáinz y Mora Salas (2014), remite a formas contractuales atípicas y no a la falta de calificación del trabajador, ¿en qué medida esta nueva mano de obra, calificada, tecnológicamente conectada y formalmente educada, está reproduciendo las mismas condiciones de precariedad que históricamente afectaron a los sectores menos escolarizados? Esto sugiere que el problema en América Latina no es tecnológico, sino más bien, los cambios nunca fueron lo suficientemente estructurales, quedándose solo en lo incremental en un contexto de profunda adaptabilidad.
Sección 4. La Inteligencia Artificial como Herramienta de Producción
La evidencia empírica muestra que la IA generativa tiene un potencial real de mejora en la productividad, aunque limitado y desigual en su distribución. Según Gmyrek et al. (2024), entre el 26% y el 38% de los empleos en América Latina y el Caribe están expuestos a la IA generativa. De ese total, entre el 8% y el 14% podrían experimentar una transformación que mejora su productividad, mientras que entre el 2% y el 5% de los empleos corren riesgo de desaparecer por completo. Esta mejora de productividad tiene su correlato salarial: David Autor sostiene que la automatización está detrás del aumento salarial en el trabajo cualificado, lo que demuestra que sí hay aumento pero solo para una pequeña parte de los segmentos de fuerza laboral altamente competitivos.
Es así como este potencial de mejora a su vez enfrenta al menos dos frenos estructurales. El primero es un freno de acceso: hasta la mitad de los empleos que podrían aumentar su productividad, unos 17 millones, se ven obstaculizados por deficiencias en el acceso digital y la infraestructura, lo que impide que esos trabajadores capten las ganancias de productividad que la tecnología permitiría (Gmyrek et al., 2024). El segundo es un freno de composición del empleo: mientras la productividad aumenta en el trabajo cualificado, el mismo progreso tecnológico reduce las oportunidades de empleo de calificación media, roles de producción, administrativos y de oficina, sobre todo entre trabajadores de menor educación en zonas urbanas, ya que la naturaleza de estas actividades es intensiva en capital, el cual se invierte en aumentar el PBI, traduciéndose en mayor acumulación de máquinas, software, datos y algoritmos, y no tanto en la cantidad de empleos formales (Thiel, 2014). Este efecto polarizante no es neutral: la OIT señala que son las mujeres y los trabajadores jóvenes y educados quienes enfrentan mayores riesgos de automatización, lo que exacerba desigualdades ya existentes (Gmyrek et al., 2024). En conjunto, esta evidencia sugiere que el aumento de productividad gracias a la IA generativa en la región es real pero acotado debido a las limitaciones que impiden captar los beneficios netos, lo cual erosiona tanto la calidad como la cantidad de los puestos de trabajo disponibles.
III. Opiniones de expertos

IV. Conclusión
Actualmente la Inteligencia Artificial no está generando empleos de calidad para los jóvenes latinoamericanos ni tampoco los está destruyendo: está redistribuyendo el acceso a la calidad laboral hacia un núcleo cada vez más estrecho. Lo que la presente investigación permite visualizar es que la ocupación juvenil creció sin que crecieran la protección, la estabilidad ni la previsibilidad del ingreso. La reducción del desempleo abierto ha funcionado, en la práctica, para ocultar que el mercado sigue absorbiendo a los jóvenes en condiciones cada vez más precarias.
El cambio no está en la tecnología, sino en quién la padece. Durante décadas, la exclusión laboral en la región recayó sobre trabajadores con baja escolaridad; hoy alcanza a jóvenes formados, digitalmente competentes. La inteligencia artificial no fue la causante de esta ruptura la aceleró al erosionar precisamente los puestos de entrada donde antes se aprendía el oficio. El futuro del empleo juvenil en América Latina dependerá de las reformas laborales que determinen si esa tecnología amplía o cierra el acceso al trabajo digno.
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