El pasado 31 de mayo de 2026, Colombia celebró la primera vuelta de sus elecciones presidenciales. El resultado fue sorpresivo: Abelardo de la Espriella, candidato de Defensores de la Patria, obtuvo el 43,74% de los votos —más de 10,3 millones de sufragios—, mientras que el senador Iván Cepeda, del Pacto Histórico, alcanzó el 40,90%. Como ninguno de los candidatos superó el umbral del 50% necesario para imponerse en primera vuelta, el próximo 21 de junio se celebrará el balotaje que definirá quién gobernará Colombia hasta 2030. Más atrás se ubicaron Paloma Valencia, del Centro Democrático, con el 6,92%, y Sergio Fajardo, con el 4,26% (Registraduría Nacional del Estado Civil, 2026).
Esta distribución de preferencias electorales ofrece indicios relevantes sobre la estructura del sistema de partidos colombiano, la lógica de la competencia y los desafíos de gobernabilidad hacia la segunda vuelta. El objetivo de este artículo es analizar estos elementos para comprender el significado político de esta elección y los escenarios que se abren de cara a la definición presidencial.
La lógica del balotaje o cuando las reglas moldean el resultado
El sistema colombiano establece una segunda vuelta en caso de que ningún candidato alcance el 50% + 1 de los votos. Como señala Chasquetti (2008), este tipo de reglas tiende a desalentar la coordinación electoral previa entre fuerzas afines, ya que los candidatos cuentan con una segunda instancia para negociar apoyos y construir mayorías. En lugar de converger antes de la elección, los partidos suelen competir por separado en la primera vuelta para medir su fuerza relativa y trasladar las negociaciones al período entre ambas rondas.
Los resultados reflejan esa lógica. Ninguno de los espacios que quedaron fuera del balotaje optó por integrarse en una candidatura común antes de la primera vuelta. Por el contrario, las distintas fuerzas compitieron con ofertas diferenciadas, aun cuando ello reducía sus posibilidades de acceder a la presidencia en la primera ronda. La conformación de alianzas quedó así diferida al período posterior a la elección, precisamente el comportamiento que la literatura asocia con los sistemas de doble vuelta.
El fenómeno más significativo de la jornada fue el colapso del Centro Democrático. Encuestas de semanas previas le atribuían a Paloma Valencia hasta un 22% de intención de voto; terminó con menos del 7%. El mecanismo es lo que la teoría electoral denomina voto útil o sinceramiento electoral: cuando el electorado percibe que su candidato preferido no tiene chances reales de pasar a la segunda vuelta, migra hacia el candidato más cercano ideológicamente que sí las tiene (Cox, 1997). Todo indica que una porción significativa del electorado de derecha que originalmente se inclinaba por Valencia se trasladó a De la Espriella, que venía con mayor impulso en las encuestas finales y un discurso de confrontación más nítido.
El centro de Fajardo sufrió el mismo efecto por razones estructurales similares. En sistemas con doble vuelta y alta polarización, como documentan Shugart y Carey (1992), la primera ronda funciona como una encuesta con costo real: los votantes ajustan su comportamiento en función de señales de viabilidad percibida. Cuando la grieta es profunda y dominante, el electorado moderado termina distribuido entre los dos polos, y la candidatura de centro queda atrapada en una lógica que la penaliza precisamente por su posición intermedia.
El mercado de coaliciones y los desafíos de gobernabilidad
Desde la noche del 31 de mayo el escenario político colombiano comenzó a reorganizarse con rapidez. En el bloque de derecha la reconfiguración fue inmediata: Valencia anunció su apoyo a De la Espriella esa misma noche y Uribe lo respaldó públicamente (El Cronista, 31 de mayo de 2026). Esta coalición electoral de derecha tiene, sin embargo, una tensión interna relevante: el Centro Democrático y los Defensores de la Patria representan proyectos políticos distintos. Que ambas facciones confluyan electoralmente no garantiza un gobierno cohesionado si De la Espriella llega a la Casa de Nariño.
En esta línea, es preciso recordar la distinción de Scott Mainwaring (1997) entre coalición electoral y coalición de gobierno. En los sistemas presidenciales latinoamericanos estas dos dimensiones con frecuencia no coinciden, y su disociación es una fuente permanente de inestabilidad. Lo que se está construyendo en Colombia en estos días es, todavía, solo lo primero.
En el bloque progresista la situación es más compleja. El millón de votos de Fajardo se convirtió de inmediato en objeto de disputa, pero Fajardo no dio un mandato de apoyo a ninguno de los dos candidatos. Optó por anunciar lo que denominó un “decálogo del millón”, un conjunto de condiciones programáticas (El País, 3 de junio de 2026). El gesto es políticamente revelador: reconoce que esos votos no migrarán automáticamente al Pacto Histórico, y que el electorado de centro acumula diferencias hacia el petrismo.
En materia de gobernabilidad, el condicionante más relevante para cualquiera de los dos candidatos no será el resultado del 21 de junio sino el Congreso con el que deberá gobernar. La fragmentación parlamentaria, documentada en detalle por el Observatorio de Agenda Legislativa de la Universidad Externado de Colombia, es casi simétrica entre el progresismo y las bancadas de oposición. José Antonio Cheibub (2007) ha señalado que en los sistemas presidenciales las mayorías parlamentarias deben construirse activamente mediante negociación permanente, sin los mecanismos automáticos de alineación que ofrece el parlamentarismo. Esa configuración parlamentaria paralizó buena parte de las reformas del gobierno Petro; el próximo gobierno la heredará sin modificaciones sustanciales. Si De la Espriella gana, llegará con impulso electoral y el apoyo de Washington, pero su perfil confrontativo puede ser un obstáculo en la construcción de acuerdos legislativos. Si gana Cepeda, se verá ante la necesidad urgente de ampliar su coalición más allá del Pacto Histórico para evitar repetir el bloqueo legislativo que caracterizó el gobierno saliente.
El factor Petro y la tensión institucional
Ningún análisis de esta primera vuelta puede ignorar la actuación del presidente Gustavo Petro tras el cierre de las urnas. Petro declaró que el preconteo carecía de efectos jurídicos y sugirió la existencia de irregularidades, algo que múltiples actores institucionales, empresariales y jurídicos calificaron como una declaración sin precedentes en la historia política reciente del país (Castillo, 31 de mayo de 2026).
La Registraduría rechazó cualquier irregularidad y los observadores internacionales —incluyendo misiones de la Unión Europea y la OEA— destacaron la transparencia de la jornada. La Andi y la Fundación para el Estado de Derecho llegaron a presentar una carta ante la OEA solicitando reforzar la presencia observadora para la segunda vuelta y emitir un pronunciamiento preventivo sobre neutralidad institucional.
El episodio remite a la distinción de Juan Linz y Alfred Stepan (1996) sobre consolidación democrática: una democracia está consolidada cuando todos los actores relevantes internalizan las reglas del juego electoral como las únicas legítimas para acceder y abandonar el poder. El cuestionamiento de Petro no tiene la capacidad de alterar el proceso, pero introduce un factor de desconfianza pública que condiciona el período entre vueltas.
Colombia en el mapa regional
El ascenso de De la Espriella es consistente con una tendencia regional consolidada: el surgimiento de derechas radicales de nuevo cuño que desplazan a los conservadurismos institucionales tradicionales. Milei en Argentina, Bukele en El Salvador y Noboa en Ecuador conforman un tipo de liderazgo que combina populismo de confrontación con discurso de orden, seguridad y economía desregulada. De la Espriella se inscribe claramente en esa corriente, y el respaldo explícito de Trump lo posiciona como el eslabón colombiano de esa red de liderazgos conservadores alineados con Washington.
Ese alineamiento tiene implicancias concretas de política exterior. Un eventual gobierno de De la Espriella recompondría con rapidez la relación bilateral con Estados Unidos, deteriorada durante el gobierno Petro por tensiones en torno al narcotráfico, la migración y la política exterior, y contaría con el aval político de Washington para su agenda de seguridad.
Conclusión
La primera vuelta del 31 de mayo demostró que la polarización no cede ante el centro —que nuevamente colapsó— y que la dinámica de segunda vuelta tiende a profundizarla antes que a moderarla. Lo que está en juego en las tres semanas que separan ambas vueltas no son solo los votos de Fajardo y López: son las condiciones de gobernabilidad del próximo gobierno, la capacidad de renovación del progresismo colombiano y la solidez del sistema institucional para absorber las tensiones de una transición que ya comenzó con turbulencias.
Colombia llega al 21 de junio con una derecha unificada en torno a un outsider con respaldo internacional, un progresismo que llega a la segunda vuelta cargando el peso de cuatro años que no completaron la transformación prometida, y un centro que volvió a demostrar que en la política colombiana contemporánea el electorado exige definiciones antes que moderación. La ciencia política no predice resultados electorales, pero sí permite señalar que cualquiera de los dos resultados posibles inaugurará un ciclo político distinto al de 2022, y que la clave para ese ciclo no estará en el porcentaje del 21 de junio sino en la capacidad del ganador de traducir su coalición electoral en una coalición de gobierno real. Esa es la pregunta que permanece abierta.
Referencias
Chasquetti, D. (2008). Democracia, presidencialismo y partidos políticos en América Latina: Evaluando la difícil combinación. Montevideo: Ediciones Cauce.
Cheibub, J. A. (2007). Presidentialism, parliamentarism, and democracy. Cambridge University Press.
Cox, G. W. (1997). Making votes count: Strategic coordination in the world’s electoral systems. Cambridge University Press.
Linz, J. J., & Stepan, A. (1996). Problems of democratic transition and consolidation: Southern Europe, South America, and post-communist Europe. Johns Hopkins University Press.
Mainwaring, S. (1997). Multipartism, robust federalism, and presidentialism in Brazil. En S. Mainwaring & M. S. Shugart (Eds.), Presidentialism and democracy in Latin America (pp. 55–109). Cambridge University Press.
Registraduría Nacional del Estado Civil. (2026). Resultados oficiales de la primera vuelta presidencial de Colombia 2026.
Shugart, M. S., & Carey, J. M. (1992). Presidents and assemblies: Constitutional design and electoral dynamics. Cambridge University Press.